jueves, 26 de enero de 2017

PSYCOKILLER, QUÉST-CE QUE CÉST?



Por Juan Carlos Castrillón

Y mientras las cosas se caían a pedazos nadie prestaba mucha atención. -David Byrne

Hace casi 100 años el líder del movimiento suprarealista, el poeta francés André Breton tuvo una grave premonición al escribir lo siguiente: El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle con un revólver en cada mano y, a ciegas, disparar cuanto se pueda contra la multitud. Quien nunca en la vida haya sentido ganas de acabar de este modo con el principio de degradación y embrutecimiento existente hoy en día, pertenece claramente a esa multitud y tiene la panza a la altura del disparo.  En ese momento, Bretón fue duramente criticado, censurado, y finalmente satanizado por estas palabras que a muchos hipócritas parecieron excesivas. Hoy, después de décadas de degradación capitalista, las mismas palabras nos escupen en el rostro estupefacto de tragedias cotidianas. Han sido tantos los casos de psycokillers(asesinos psicópatas), serial killers(asesinos seriales) y mass murderers (asesinos de masas) a nivel mundial-sobre todo en países industrializados con EUA a la cabeza- que ya hasta existe una "cultura" relativa al vergonzoso tema: libros, películas, revistas, canciones, discos, programas de televisión, juegos de video, blogs, y páginas de internet dedicados no a analizar precisamente estos fenómenos, sino, muchas veces a exaltarlos e incluso hacer apología de ellos. Como expresa el poeta sioux John Trudell en uno de sus textos: En la Cultura de la Muerte el asesino serial es el chamán, el sumo sacerdote.
Estos patéticos individuos se convierten en íconos de una sociedad asqueada hasta el hartazgo de su propia inmundicia. Es en el siglo XX-un siglo devastado medularmente por la codicia imperialista- donde se da el auge de este tipo de hechos psociópatas y se vuelven un gran éxito popular debido a la enfermiza explotación del morbo de las masas a cargo de los medios masivos de comunicación siempre obsesionados con vender. Así, nefastos personajes como Charles Manson, Ed Gain, John Wayne Gayci, o Ted Bundy, entre otros demasiados, son superestrellas. Obvia prueba de ello es el experimento musical del gringo Brian Warner, mejor conocido como Marylin Manson; donde el nombre de cada uno de los miembros del grupo es una combinación de una celebridad y un psycokiller, ejemplo Twiggy Ramírez-mezcla de Twiggy, la modelo inglesa de los 60, y Richard Ramírez, el acosador nocturno-etc. La enfermedad social es profunda, terminal, y se va expandiendo. El caldo de cultivo está, como explica el escritor Jesús Palacios en su estupendo libro Psicokillers Anatomía del Asesino en Serie: La decadencia, el lujo, el exceso, conceptos unidos todos al de aristocracia y riqueza, parecen el mejor caldo de cultivo para las personalidades psicóticas y sociópatas de los asesinos en serie, que podrían además ejercer su dulce trabajo al amparo de un dinero y poder casi absolutos.
Esta sociedad asquerosa, dividida en grotescas clases sociales, dominada hasta la más absurda cosificación de la vida por la ganancia económica; este suicida sistema que trafica con la salud de los bebés, que desaparece jóvenes estudiantes al por mayor, que tortura, encarcela, viola, roba, esclaviza y mata a los más débiles, a los que no pueden defenderse, esta mera costumbre-tradición-superstición antropófaga impuesta por las armas denominada Sistema Capitalista, ha creado su propio verdugo, su verdugo familiar, celular; depredador innato de su propia especie por puro placer: el psycokiller, trágico suicida histérico -se extermina a sí mismo en otros- padecedor resignado del síndrome de Eróstrato-explicado por Jean Paul Sartre en célebre cuento de su libro El Muro-, devastador de la vida en el planeta, sangrienta metáfora de la degradación humana. Para tratar de entender a profundidad este doloroso tema debemos regresar a películas como De Mayor Quiero ser Soldado del director español Christian Molina, donde atestiguamos el proceso de monstruización de un pequeño belicista obsesionado con las armas y la guerra. O la terrible novela-también llevada al cine-titulada Tenemos que Hablar de Kevin de la autora estadounidense Lionel Shriver, que nos muestra detalladamente el proceso de un adolescente que terminará cometiendo una masacre que incluye a su propia familia.
En Canciones de los Niños Muertos el inglés Toby Litt narra las siniestras maquinaciones de una pandilla protofascista de tres infantes, cuya tercera regla es vivir para matar, matar para vivir. Así describe a su protagonista de 13 años: Andrew era un experto en matar, y como todos los expertos, tenía sus preferencia. De hecho, Andrew creía que el método empleado para matar a cada animal respondía a una lógica definida:los animales blandos(ranas, sapos) por aplastamiento; los inflamables(ardillas, patos) por fuego; los depravados( ratas, gatos) con extrema crueldad; los comunes (conejos, palomas) sin demasiados aspavientos ni elaborados prolegómenos; los animales pequeños (ratones, ratones de campo y lirones), que formaban una categoría propia, morían estampados contra los ladrillos de los muros. Aquella era la forma más violenta de matarlos.
La extinción del semejante se convierte en el excitante deporte extremo para una generación de zombies y vampiros alienados y hambrientos de emociones fuertes que les hagan sentir que están vivos. Una sociedad donde existe algo tan degradante como el cine Snuff, o el comercio de órganos, o el tráfico sexual de menores, es una sociedad que debe morir, que de hecho ya está muerta y apesta insufriblemente, y por lo mismo debe ser superada.
En su breve pero perturbadora novela Locura Desenfrenada (donde un grupo de pubertos de clase media alta asesina metódicamente a sus propios padres) J. G. Ballard advierte: El mismo desprendimiento esquizofrénico de la realidad puede observarse en los miembros de la pandilla Manson, en Mark Chapman y Lee Harvey Oswald y en los guardias de los campos de muerte nazis. Uno no siente simpatía hacia Manson y los demás, puesto que para ellos existía una alternativa, pero para los muchachos de Pangbourne no la había. Incapaces de expresar sus propias emociones o de responder ante las emociones de las personas que los rodeaban y sofocados bajo un manto de elogios e incentivos, estaban atrapados para siempre dentro de un universo perfecto. En una sociedad totalmente cuerda, la locura constituye la única libertad.
Bret Easton Ellis alcanzó una notoria celebridad después de publicar su libro Psicosis Americana, en el que realiza una irónica vivisección de los neoliberales años 80 en Nueva York, profetizando el profundo abismo posmoderno-especializado en la fragmentación, la demolición y la chatarrización de todo- que nos aguardaba, hace decir a su personaje principal el insoportable yuppie Patrick Bateman, abriendo su torturada psique:
Me resulta difícil tener sentido en un determinado nivel. Mi yo es algo fabricado, una aberración. Soy un ser humano no contingente. Mi personalidad es imprecisa y está sin formar, mi inhumanidad es profunda y persistente. Mi conciencia, mi piedad, mis esperanzas desparecieron hace tiempo (probablemente en Harvard), si es que existieron alguna vez. ¿El mal es algo que uno es? ¿O es algo que uno hace? Mi dolor es constante e intenso y no espero que haya un mundo mejor para nadie. De hecho quiero que mi dolor les sea infligido a otros. No quiero que nadie escape.
Para ampliar aún más la espeluznante información también recomiendo el documental-fundamental- Masacre en Columbine, de Micheal Moore, un valiente documento de la insania primer mundista; y en lo musical el maníaco album de 1996 de Nick Cave and the Bad Seeds titulado Murder Ballads. Y claro, mi ensayo El Infanticida Tradicional.
Además del dolor generalizado que de por si representan los asesinatos y el suicidio cometidos por un estudiante de 15 años en una secundaria de Monterrey, lo más insoportablemente asqueroso son las bobaliconas declaraciones de los funcionarios de todos los niveles de gobierno, ya regurgitadas del lugar común de decenas de discursos de pésame de presidentes asesinos. ¿Por qué no mejor cierran su hocicote? ¿Por qué ese afán-también patológico-de hacer el ridículo?
El robo infame que representa la propiedad privada, la injusticia intrínseca y la indignante concentración de la riqueza en manos de una enferma minoría condicionan negativamente el futuro de la especie. En pregunta cuestionada por Truman Capote en su clásico A Sangre Fría-la novela sin ficción iniciadora del género del serial killer en la literatura-: ¿Por qué aquel hijo de puta había de tenerlo todo y él nada? ¿Por qué había de tener toda la suerte aquel "puñetero de mierda" y él ninguna? Solo con un cuchillo en la mano, él, Dick, tenía el poder.
De igual forma resulta insoportable el "análisis" infantiloide que hacen los medios-expertos en inventar seductores castillos de arena en el aire que ya nadie cree, salvo ellos mismos- por décadas han conservado el mismo discurso-científicamente comprobado como inexacto-de buscar culpables, chivos expiatorios para restar responsabilidad a la cultura de la muerte y la violencia de una organización social estertorada por una clase parasitaria y a la titánica crisis espíritual-económica, social, etc...-a la que nos condena el modo de producción capitalista. En los 40 y 50 fueron los comics, luego el cine, la pornografía, la depresión, el satanismo, la música de Heavy Metal, los juegos de rol, los videojuegos, y ahora el internet. Este análisis-dictado por la ideología dominante- es verdaderamente ínfimo, miserable. Estas baratas falacias de rasgarse las vestiduras, enjugar las lágrimas, y tratar de tapar el pozo cuando el niño ya está ahogado, son inaceptables bajo cualquier concepto. Los programas anticonstitucionales como el de "Mochila Segura" solo representan el endurecimiento de la vigilancia del Estado y sus colaboradores represivos, y no contribuyen a resolver nada, sino todo lo contrario.
En lo personal, en mi calidad de profesor, he podido estar en contacto con todo tipo de escuelas y colegios, y así he podido darme cuenta de que aquellas de mayor poder adquisitivo en realidad son la peores; ya que ahí los alumnos consideran al maestro como un empleado más, como a su chófer, guardaespaldas, o mayordomo; y en casa son "educados" en la prepotencia y la ignorancia del dinero.
Termino, apropiándome las palabras de Rafael Aviña en el prólogo de su libro El Cine Oscuro: Estamos ante un espejo imaginativo tan procaz como inteligente y disparejo que intenta cuestionar la brutalidad de la nota roja en un país donde imperan el miedo, la paranoia y la injusticia, y donde la única pena de muerte en vigencia es para el ciudadano común y corriente: usted y yo, que aún no cometemos asesinato alguno. Los siguientes textos quizá puedan verse como una cruel humorada de sociedades híper desarrolladas, frustradas y violentas, y quizá también como un aviso del inminente colapso. Cuando el destino nos alcance tal vez sea demasiado tarde...


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