jueves, 4 de junio de 2015

EL INFANTICIDA TRADICIONAL


Por: Juan Carlos Castrillón
La  verdadera justicia no puede hacerse porque es a los grandes delincuentes a quienes protege y ellos son los que disfrutan de los favores del poder judicial.
Marqués de Sade, Justine
-Es un mundo podrido. No se le puede responder más que con maldad. Es la única cosa que todo el mundo entiende: la maldad. Quémale la casa a un hombre, entonces comprenderá. Envenénale al perro. Asesínalo.
Truman Capote, A Sangre Fría
 
Tratar de hacer un recuento histórico del número de niños y jóvenes asesinados cobardemente por el sistema imperialista en su demente afán expansionista sería una tarea dolorosamente imposible. Los menores de edad son las víctimas naturales de un sistema depredador por excelencia. Esta vergonzosa tendencia se empezó a incrementar a finales de los años 60 del siglo pasado; sobre todo a partir del emblemático 1958, año de la rebelión juvenil organizada, a nivel mundial, parteaguas también de la sistematizada respuesta represiva del estado; -misma que es la única solución que la clase opresora puede y quiere dar a todo tipo de inevitables conflictos sociales-. En México, laboratorio de pruebas del imperio, aún se desconoce exactamente el número de muertos en ésta cruel etapa, que llevaría a la barbarie a todo el continente, vía la famosa Operación Cóndor, cortesía de la delincuencial CIA, implacable verdugo del capitalismo. ¿Cuántas víctimas infantiles han perecido anónimamente en las intervenciones militares en Vietnam, en El Salvador, en Panamá, en Afganistán, en Irak, en...? 

Esta hartante cultura de la muerte es la única que reproduce la ideología dominante en los medios masivos de comunicación. Este odio por nosotros mismos, por nuestros semejantes, por toda la especie. Matar es fácil, necesario, emocionante, divertido.  Cometer homicidios te hará fuerte, envidiado por todos, popular; te convertirá en toda una superestrella. Derramar sangre inocente es el deporte extremo de moda, no solo entre policías y militares, por supuesto. El mediocre suicidio proyectado sobre los débiles. Seguramente Sade estaría horrorizado de su desmesurada influencia. ¿Qué otra cosa puede ofrecernos una "cultura" especializada profesionalmente en la destrucción, en la explotación irracional de todo lo que existe? Transcribo las oportunas reflexiones y las preguntas del novelista estadunidense Russell Banks en su artículo 

Nuestros hijos se matan unos a otros y se suicidan:
Nos hemos convertido en la cerda que se come a sus cerditos. Hemos faltado a nuestra obligación,  como miembros de la especie humana, de proteger a nuestros hijos de los estafadores, los vendedores y los publicitarios; hemos faltado a nuestra obligación de mantener a los vividores que hacen falsas promesas al otro lado del foso. Es más, hemos bajado el puente levadizo, les hemos dado entrada franca en nuestro castillo y les hemos dejado convertirse en niñeras de nuestros hijos. Si tenemos televisor en cada habitación, es para que nos dejen tranquilos. Y, para acallar nuestros remordimientos por esa traición, le hemos dado a cada niño una tarjeta de crédito.

¿Es posible que nuestros hijos se sientan tan convertidos en meros objetos por nuestra cultura, tan encasillados como un grupo de consumidores que se reproduce a sí mismo, tan sutilmente convertidos en adictos a los bienes materiales, que sólo les quede el recurso a la violencia irracional para sentir que son dueños de sí mismos, para sentirse humanos?
 
El grotesco crimen cometido recientemente en Chihuahua en contra de un pequeño de 6 años, a manos de sus propios vecinos adolecentes que jugaban al secuestro, -que en un principio los medios informaron que había sido torturado y hasta le habían sacado ambos ojos, y luego fue burdamente censurado para "evitar el morbo"-, es sólo monstruosa consecuencia lógica de años de  impunes feminicidios, genocidio de estado, terror, violencia e injusticia cotidianas, propias de esta sociedad en grave decadencia, que por lo pronto, aún debemos sobrevivir; sólo es tristísimo termómetro del grado de degeneración al que nos ha orillado esta anacrónica "organización" económica, política, social, donde el poder de una minoría carcome eficientemente la vida de nuestro planeta. Nuestro deber como humanos verdaderos, es luchar por la superación definitiva de esta época insoportable.

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